Conversatorio sobre mística en Guadalajara

15/dic/2018

Por Manuel Ruelas

Alrededor de las 7:15 p.m. dio inició el conversatorio “Mística en la sociedad actual”, impartido por el filósofo tapatío Elías González Gómez. Con más de una decena de convocados, en una noche que en México es especialmente rememorada por la celebración de la Virgen de Guadalupe,  el tema de la mística se abrió paso por dos horas en uno de los salones con fines terapéuticos del Centro Sadhana Yoga. Diversos cuadros en las paredes contrastaban con la uniformidad de la alfombra y sus cojines que acuciantemente abrigaron a los invitados.

Elías —como todo buen filósofo— se esmeró en utilizar los términos lingüísticos con mayor corrección y claridad en la charla. Se notó el afán por seleccionar cuidadosamente las palabras tanto para generar sentido a su narración como escepticismo ante su postura. Y es que, aunque es filósofo, no puede ocultar que es cristiano. De hecho, nadie puede ocultarlo en la sociedad que habitamos: los derechos

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 Elías convidándonos canciones con alusiones a temas de la Mística: entrega, fuego interior, desasimiento, la profundidad del don como dinamismo

humanos, el capital, el consumo, la secularización, el ateísmo como corriente de pensamiento, es occidental y por lo tanto —según Elías— tiene una deuda al cristianismo.

Allí provino el primer golpe en este asalto: la palabra mística es de origen griego, es decir,  contrario a la idea que puede acecharnos sobre los santos del cristianismo,  el místico se refiere a quien es capaz de introspección, que asemeja a ciertos rituales de tradiciones esotéricas griegas que —como su nombre afirma— se mantenían en un estado oculto para los fines de la razón. A la posteridad, Nietzsche contrapondría lo apolíneo (lo claro, lo comprensible) de lo dionisíaco (opaco, caótico, sin sentido) para ejemplificar esta distinción.

La mística fue apropiada por el cristianismo a raíz de que las escrituras de este se consideraban “cuentos para niños”.  Así, se necesitó “elevar el nivel intelectual” de lo que se discutía frente a los filósofos de la Antigüedad. El platonismo entró al quite en la escena y siglos después lo haría la filosofía de Aristóteles. Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, fueron los representantes de estas incorporaciones.

Ante este tono especulativo e histórico, Elías paró el derrotero de su discurso: —Bueno, pero no se trata de definir palabras y acudir con los especialistas. Lo que me interesa es qué dice la gente que es mística. Cómo vive su mística, dónde, a qué hora pasamos a recoger a la señora que reparte la mística.

La mística se transformó en un asunto menos riguroso, más tangible: ¿cómo construimos el mundo que habitamos?, ¿cuáles valores defendemos al comprar en la tienda?, ¿qué criterios tenemos para saber que está bien y qué está mal? Éstas son las verdaderas preguntas de la mística, ya que para Elías, el místico no es alguien que se fuga del mundo  sino el que más sentido aporta a la existencia efímera de la humanidad. Los ejemplos como Gandhi, Jesús, Pablo de Tarso, salieron a relucir.  Un pasito para atrás: ¿Qué no hablamos del místico como un ser religioso, un ser espiritual?

En este increíble poder que tienen las palabras, estuvieron en la palestra el ser religioso, ser espiritual y ser místico. Entre cada uno de estos conceptos se encuentra una historia de lucha por poder, de secularización, de emergencia de la ciencia y la técnica de la mano del capitalismo —y extractivismo salvaje, como el zombie del capital—, de reivindicación intelectual y de una añoranza por un bien perdido.   Estas tres palabras bien pueden ser el resumen de una civilización que ha llegado al momento de no reconocerse y adopta diferentes máscaras, incapaz de que le ajusten a la medida. No nos

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En un ambiente cálido y cercano se llevó a cabo el conversatorio

quedan bien ninguno de los tres conceptos: algunos francamente enfrentados con la religión y su legado histórico-institucional, otros “suavizados” y repletos de consumo light de una espiritualidad a la compra, y por último, quienes imposibilitados por la naturaleza misma de lo que refieren, el “misterio”, prefieren el silencio, la instrospección oculta, y el escepticismo intelectual para no caer en trampas del ego.

—Al hablar de mística comprobamos que ya se acabó la mística, dijo Elías, como en un guiño de autocensura que fue combatido con el ejemplo del filósofo Martin Buber: “A Buber le preguntaron  por qué utilizaba la palabra Dios en un tiempo histórico que había eliminado su uso. A lo que Buber contestó: —Utilizo esa palabra por el peso histórico, metafísico, lleno de dolor y alegrías que nos remite. No hay un concepto más potente en todo Occidente”.  En un gesto que primero invitaba al silencio nos llevó al coraje de cargar el peso de las palabras, Elías, entre tanto, nos mostraba su pasión y buena memoria al declamar versos de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila. El filósofo siendo poeta con las frases que construyeron la lengua española -éstas derribaron el cerco del lenguaje docto de su época, el latín-.  De la misma manera, destruyendo una exposición concisa y paradójica, disidente y trágica, entre los invitados surgió la pregunta:

  • ¿Qué le contestó a mi sobrino que me pregunta si Dios existe?
  • Toda respuesta es correcta. En el fondo no hay una “incorrecta”. Lo que se desea es ir a la cama y poder dormir.
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 Los asistentes estuvieron atentos y a la escucha. Había poco lugar a las dudas: fue más una invitación a pensar y sentir desde otro sitio, otra dinámica interna.

Para el autor de estas líneas no hay mejor resumen de lo acontecido: la mística en la sociedad actual está repleta de vicisitudes y grandes cuestionamientos sobre el terreno que pisamos y vislumbramos, en la construcción (o deconstrucción) del sujeto y la comunidad que habitamos. Una coparticipación, una interdependencia, que alarmantemente nos pide actos en el “mundo de allá afuera”, pero que solo pueden ser enfrentados en un espacio tan íntimo que debe ser abordado en silencio, a su ritmo, desde otra lógica no-productiva, y que por el bien de todos no nos deje dormir porque ya no somos niños que necesitan descansar con cuentos infantiles.

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El mejor paso que puedes dar

Por Manuel Ruelas

En diversas tradiciones religiosas está presente la peregrinación hacia lugares santos. Es una combinación entre expedición y aventura,  y la  oportunidad de fortalecer la fe.  Lugares que son santos por muy distintas razones: nacimiento o muerte de un personaje reconocido, la conquista de una batalla, establecimiento de una ciudad, el sitio preferido de unas enseñanzas, o como en mi caso, la aparición de una imagen que concentra el culto de los guadalupanos.

La llamada “Reina de

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El grupo “Jesús del Monte”, región Zinapécuaro, Michoacán. Partimos el 5 de octubre en la mañana desde su famosa parroquia en medio del campo. Foto: Giuliano Pallica

México” y “Emperatriz de América”, conocida simplemente como la Virgen de Guadalupe, es la responsable de una gran cantidad de contingentes de peregrinos que arriban con regularidad  en las inmediaciones del cerro del Tepeyac, en el interior y atrio de la Basílica de Guadalupe, al norte de la Ciudad de México.

En este año se llevó a cabo la peregrinación número 65 de los “Peregrinos de a pie al Tepeyac de la Arquidiócesis de Morelia”. Al menos, desde 1953, tienen registros de esta peregrinación masiva organizada desde la institución católica. Sin embargo, con muchos años de anterioridad se tienen registros de este peregrinar entre los pobladores de los estados circundantes de la Ciudad de México: Puebla, Estado de México, Morelos,  Hidalgo, Tlaxcala, Guerrero y hasta Michoacán, Guanajuato y Veracruz.

Mi historia sobre cómo llegué a caminar 7 días y 6 noches, empezó como una revancha y un mínimo de respeto a una invitación que me hizo un hombre de 74 años, que con naturalidad se toma cuanto camino santo ha podido participar. Desde la ruta de Santiago, en Francia y España, pasando por los lugares santos budistas en Bihar (India), y las decenas de santuarios sintoístas que visitaba con devoción en Japón. Giuliano, es el nombre de este septuagenario, que además fue mi director espiritual y ahora es mi amigo.

Como todo hombre interesante, Giuliano habla poco. Le gustan los destilados de todo tipo, el buen tabaco, la poesía de budistas zen,  y caminar como método de introspección. Unos días antes de partir, me recomendaron el título “Walking meditation” del monje vietnamita Thich Nhat Hanh: nada más que decir. Lo cierto es que no sólo fue un acto virtuoso, también partí hacia el Tepeyac con una deuda en mi corazón: me había quedado con un mal sabor de boca al lado de “la espiritualidad popular”, del acompañamiento del culto popular en una comunidad. Real, concreto, con expresiones a ras de tierra, sin teología elaborada o expectativas de sublimación. Así que fue una revancha. —Mi corazón puede con esto y más—, me dije.

Me preparé a nivel físico y mental. Aunque más que un asunto de resistencia física, es de aguante mental. Seguro estoy de que muchas personas pueden caminar por 7, o como los que salen de Morelia: 11 días, pero no tantas son capaces de caminar con un estandarte guadalupano, rezar rosarios, corear canciones a la morenita, animar cada paso con la esperanza del encuentro con una imagen santa.  Caminar es lo de menos. No se valoran los kilómetros, y aún el esfuerzo, cansancio y sacrificio parecen diminutos para los que transitan por la Basílica unidos en la fe. Claro, no es fácil e incomodidades sobran, pero en verdad que observé rostros satisfechos, felices, con paz, al terminar el periplo.

Considero que las minucias del viaje son para los que caminamos: fueron encuentros íntimos entre puros varones. Ya se imaginarán el escándalo de nuestra concurrencia. En este escenario planteo dos vías al exponer lo acontecido: un nivel etnográfico, en donde un citadino —como yo— rememora cosas que le parecieron sobresalientes. Y otro —mucho más interesante— en un nivel reflexivo con atisbos de sabiduría.

Es oportuno contar que soy un joven de 26 años, güero y alto. Lo escribo porque fui “el gringo”, el “howareyou” antes que “¿cómo te llamas?”, entendible porque con los que caminé, un contingente de 1,400 varones, en su mayoría son campesinos michoacanos, de entre 15 a 70 años. Muchos de ellos trabajan o trabajaron en EEUU, entonces tienen ciertas expresiones en inglés que usan sin problema. Este tema es una herida grave y grande entre los connacionales, la Virgen de Guadalupe se lleva la carga pesada de ser mexicano: la pobreza, el crimen, la desesperanza de una tierra impróspera. Y al mismo tiempo, es el sello de lo mexicano. En los cantos, en las charlas, en las calles y barrios, en nuestros libros de texto de primarias y secundarias, la historia mexicana nace de este símbolo católico que integra lo indígena. La bandera mexicana acompaña pomposamente la imagen mariana en la Basílica. En algún punto, sentía un nacionalismo promovido desde una institución gubernamental, en lugar de un culto cristiano. ¿Alguien se acuerda de ese judío, “Jesús”? ¡Ah, sí!, el hijo de María, la Virgen de Guadalupe (sigue caminando)…

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“México siempre fiel”. En medio de campos anegados en fango, tuvimos una misa que rememoró la “unión” de lo indígena y el cristianismo europeo. Foto: Manuel Ruelas

Para estos hombres —también existen las peregrinaciones femeninas— las vacaciones no existen. No las conocen. Lo más parecido a ese estado que rompe con la rutina es la peregrinación. Pueden bastar con unos mil pesos para todo el recorrido. Un pago en la parroquia, una que otra galletita, y tu pasaje de regreso a tu lugar de origen. Para que sea posible caminar por 7 días con mil pesos, o menos, en la bolsa es necesaria mucha fe. No la fe del hambriento, sino de las cientos de personas que voluntariamente alimentan a los peregrinos. Es absolutamente conmovedor. Su fe es concreta y muda: unas tortillitas, un mole, un spaguetti, agua, refresco; y todo en unos escasos minutos que el peregrino tiene para alimentarse porque se debe volver al camino.

Entre los caminantes se respira optimismo, claridad de objetivo y paso firme. No importa la lluvia, el fango, la pendiente que asciende o desciende justo para molestar las rodillas, el desvelo, la necesidad —recurrente— de correr para alcanzar al contingente, las ampollas, el peso de la mochila, y tantos otros síntomas del peregrino. Fertilizamos los campos, en especial los maizales; dormitamos en auditorios, casas, escuelas, salón de fiestas, atrios de iglesias, una gran variedad de posibilidades, entre nuestro sudor, cobijas y piel reseca. Para estar presentables ante la Virgen, se pide bañarnos horas antes de entrar a la Basílica. Si esto no fuera así, yo no sé si todos se bañaran en esos días. Al fin del día, todo queda entre hombres.

Y sí, lo peor de la espiritualidad popular no es el pueblo. Es la jerarquía eclesial. Y no es que tenga rencillas particulares con el sacerdocio y los “vicarios de Cristo”, pero lo peor, los más improvisados, desinformados, lejanos e incapaces de leer lo que acontecía entre las piernas de miles fueron los sacerdotes. Conté tres homilías dedicadas al divorcio, a su imposibilidad por impía. En un lenguaje “coloquial” que francamente es un prejuicio sobre la imbecilidad del pueblo humilde. El consuelo es que la misa dura poco en comparación del tiempo caminando. El consuelo es el silencio justo después de consumir el pan en la eucaristía. El consuelo es que los hombres que caminan piensan en Guadalupe, y saben que es superior a toda palabra humana. El consuelo está en el pueblo con hambre espiritual que relativiza (la neta es que lo interpreta a su modo) el mandato de los elegidos.

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A eso de las 4 a.m. llegamos al camino que conduce a la Basílica de Guadalupe. Fue una noche en vela, caminando en el tráfico nocturno de la Ciudad de México. Las sudaderas rojas fueron el distintivo por ser la primer región en tomar asiento en el recinto. Foto: Giuliano Pallica

Cierro este texto haciendo una reflexión sobre esta conexión que enlaza el lugar santo, la tradición de una religión, sus representantes empoderados y sus fieles que perpetúan un ciclo de enseñanza viva. Más allá de los bellos paisajes del Valle de México —como las impresionantes favelas de Naucalpan—  recorrer esta vía es formar parte de un cuerpo de conocimiento que reconoce entre sus métodos de cambio, de transformación interna, el caminar con un fin santo. Marchar sin sentido mundano, con afán de ganancia o éxito, que aún en la dinámica de “cumplir una manda”, el sacrificio es un detalle —valioso— en lo inconmensurable del misterio. Un misterio que no es teológico o dogmático, ni siquiera pasa por un orden intelectual; lo que yo percibí, caminé y compartí con estos hombres fue la sensación de que los pies que pisan paso a paso son atraídos por una fe, una clarividencia interior, de que la morenita actúa y ha actuado sobre nosotros, como el amor de una madre que nos ha dado la fascinante oportunidad de dar gracias, como ella lo hace al tener un niño en su vientre. Completamente agradecida, en un gesto humilde, como los incontables pasos que nos condujeron al Tepeyac.

Sanar el corazón

04/11/18

“La boca siempre habla de lo que está lleno el corazón” Mt 12,34

Sólo un corazón lastimado de dolor y rabia es capaz de ir por la vida lastimando a los demás.

Todos hemos tenido que lidiar con una persona así. Y si su corazón está tan lastimado como lastimados quedamos quienes nos le acercamos, no puede más que surgir una enorme compasión para con esa persona. A mí me pasó recientemente.

No se trata de ser condescendiente ni de permitir que nos hagan daño de ninguna forma. Se trata de no permitirnos ser invadidos por el odio, y ver más adentro en el corazón de los demás para descubrir cuanto sufren por dentro.

Cabe también preguntarse por la propia podredumbre en el corazón. En mi caso, miedos e indecisiones que han cobrado sus víctimas.

Hay que aventurarse a la difícil tarea de sanar el corazón. De ahí brota todo.

Elías González Gómez

De amores en Amor deconstruido

03/Nov/2018

CDMX

Tu silencio se disuelve en los ruidos de mi mente.

Encerrado en un cristal opaco, no percibo otra presencia más que la turbulencia de mis preocupaciones.

Absorto en la superficie, me siento un vidente ciego.

No escucho más que el murmullo del eco de mis pensamientos.

¿Dónde estás? ¿A dónde te has ido? ¿Acaso hay más lugar que el no-lugar donde habitas?

Hay que dejar de pensar para estar en el no-pensamiento.

Para poder estar en el no-lugar de Tu presencia, he de no habitar ningún espacio.

Vivir como si no viviera.

He estado viviendo en las sombras de una oscuridad que no es la Tuya.

Bebiendo de un amor que no ama; calentándome con un calor que no calienta.

Alimentándome de instantes estimulantes y placebos.

Acorazándome de conceptos y lecturas.

Orando en un abismo artificial que no es el Tuyo.

He caminado en amor de amores distraído.

¿Hasta cuándo de amores en Amor seré deconstruido?

 

Elías González Gómez

Previo al grito en Ocotepec

15 de septiembre del 2018

Por Elías González Gómez

La banqueta mojada.

Chorros de agua caen de balcones y azoteas debido a la lluvia del día anterior.

Sentado en la sala de espera de un consultorio dentista.

No hay tanta división entre la banqueta y mi silla, tan solo un par de salones. Me siento sentado en un palco de primera clase para contemplar el ir y venir de los transeúntes del pueblo de Ocotepec.

Frente a mí una camioneta “chocolata” verde convertida en un puesto de mercado. En el techo están bien acomodados un ejemplo de cada modelo de tenis que venden. En la cajuela cuelgan dos camisas, una anaranjada y otra blanca. Dentro de la camioneta, en el asiento del copiloto, un niño absorto en su smartphone (o el de su madre) y conectado con los audífonos.

La gente pasa y ve la mercancía.

Se detiene un camión de ruta y se baja, con mucha dificultad, un anciano de piel tatemada por el sol, gorra desgastada, ojos casi blancos y su bastón. A los pocos pasos el anciano coloca su bastón justo encima de una botella de plástico aplastada por los coches que pasan. El bastón se resbala causándole al anciano un poco de desequilibrio, más esto no fue suficiente para tumbarlo. Se sube a la banqueta y una gran gota de agua cae sobre su gorra. El anciano parece no inmutarse y sigue caminando.

Por la banqueta pasan también otros personajes. Niñas y niños, siempre con celulares o algún alimento empaquetado que lo van consumiendo o quizás sea encargo de su madre.

Pasa un joven con una carretilla, pero en lugar de ladrillos o cemento carga con un bebé que parece fascinado con el paseo.

No falta el sombrerudo con guitarra que cruza la calle hacia la farmacia que está del otro lado. Supongo que se prepara para echar el grito esta noche.

El niño de la camioneta que vende zapatos ya se cambió de asiento. Ahora está en el volante.

Oigo a lo lejos una armónica que se confunde con el pasar de los carros.

El sombrerudo de la guitarra dejó la farmacia y pasó a un establecimiento de Movistar. Quizás lo que buscaba en la farmacia era ponerse saldo a su celular.

Los ciclistas van rodando como añorando al Ocotepec en sus años de pueblo bicicletero. Ese era el Ocotepec de Illich, el que defendió a la bicicleta en contra de la contraproductividad del automóvil. Lejos quedó aquel Ocotepec illichiano, abandonaron la bici como la casa del pensador.

Pero aún pasa la señora con su kilo de frijol. La veo pasar cerca del sombrerudo con guitarra que, ya habiendo cagado el saldo de su celular, se sentó en la banqueta de enfrente. Se le unió un amigo, otro sombrerudo pero con acordeón. Se ponen a ensayar supongo que para hoy en la noche.

Acaba de pasar un borracho hablando solo. Decía “pérame cabrón que falto yo wey”. Me hizo pensar en los que faltan. En unos días se cumple un año del terremoto del 19 de septiembre del 2017. El tiempo pasó demasiado rápido, pero seguro que para los familiares de las víctimas parece que todo pasó ayer. Pensé también en los miles y miles de desaparecidos que aún nos hacen falta.

El borracho comienza a gritar: “mexicanos al grito de guerra”. El niño de la camioneta/tienda se asoma por la ventana para jugar con su soldado de juguete. La guerra en este país está siempre presente. Ya sea en el juguete del niño, en el grito del borracho o en el tatuaje de pistolas y calaveras del chavo sentado al lado mío.

El niño ya se subió al techo de la camioneta para lanzar a su soldado/paracaidista a sus hermanas que desde abajo intentarán cacharlo. ¿Será una especie de augurio? ¿Podremos aventar la guerra como el niño avienta al soldado para ser cachados por unas delicadas manos como las de las niñas que, riendo y jugando, cacharán el juguete?

Truenan cohetes. Pasan unas mujeres con ramos de flores. La guitarra y el acordeón, ambos con sus sombreros, están ya afinando y tocando una canción.

Todo listo para esta noche en Ocotepec.

Las preconcepciones que tenemos de Dios

Por Elías González Gómez

Jn 6, 41-51

Un punto en particular me llama la atención en el Evangelio de hoy: la enorme dificultad para reconocer a Jesús.

No deja de fascinarme, y es que uno no puede dejar de identificarse e incluso sentir empatía con aquellos que se preguntan ¿no es este Jesús, el hijo de María y José? Lo conocen, lo vieron crecer, saben de dónde viene… ¿por qué entonces ese tal Jesús habla de que es el pan de vida? Me hace pensar en muchas cosas, entre ellas en cómo a Dios le gusta camuflajearse. Jesús fue una decepción de mesías, la gente esperaba otra cosa. Hay una imagen psicológica que nos cuenta cómo siempre buscamos las cosas según nuestras preconcepciones. Una persona que busca unas tijeras cerradas en un escritorio lleno de cosas es incapaz de ver las tijeras abiertas ahí frente a sus narices. Así, Jesús estaba frente a ellos y no le vieron porque en su mente Dios era otra cosa. Una cosa más tormentosa, más estrafalaria… ¿un simple pobre de Nazaret es la transparencia de Dios?

Creo que nos sigue ocurriendo lo mismo una y otra vez. Tenemos preconcepciones de Dios que nos imposibilitan descubrir a Dios en todas las cosas. Siempre queremos que llegue a nosotros según nuestras formas, nuestros modos, acorde a nuestros gustos y aspiraciones. Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales nos habla de los tres binarios (EE 149-157), los cuales podríamos traducir como tres tipos de personas en la vida espiritual. El primer tipo es aquel que dice que sí quiere una vida espiritual pero no pone los medios, por lo que al final no hace realmente nada. El segundo tipo es aquel que quiere tener vida espiritual y sí pone los medios, pero condiciona a Dios para seguirle según sus gustos y criterios diciéndole “sí, pero así”. Finalmente, el tercer tipo de persona es aquella que sí quiere vivir una vida espiritual, pone los medios y además se deja guiar por la Ruah divina y su maternal cuidado.

Pienso sobre todo en el segundo tipo de personas, que, buscando el Misterio, lo buscan según sus gustos. De ese modo vivimos como ciegos, imposibilitados para reconocer a Dios debido a nuestras deformaciones preconcebidas. Una de estas deformaciones, la misma que sufrían los escépticos del Evangelio, es pensar que Dios llega en paquetes grandes, haciendo ruidos, y que lo espiritual es algo extramundano o por lo menos extraordinario. La propia persona de Jesús desmiente totalmente esta falsa concepción. Jesús era quizás muy normal, muy ordinario para ellos, y por eso no podían dar crédito incluso después de haber visto… por eso no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Dios viene en empaques pequeños, en susurros simples al oído, como los que se comparten los amantes a media noche con un “te amo”. En lo simple, en lo sencillo. En un pobre de Nazaret hace dos mil años, en un niño de hoy, en un te quiero, en una mano amiga, en un desconocido que da la vida por otros desconocidos, en el jardín diverso de la Vida que se crea y se re-crea creativamente a sí misma.

Pulamos pues nuestros ojos. “Mi mirada hace bellas todas las cosas” decía Nietzsche. En una ocasión Ignacio de Loyola movía una flor con su bastón diciéndole: “¡basta!, ya sé que me hablas de Dios”.

Buen domingo

Paz, Fuerza y Gozo

AMDG

Hay que cultivar la inteligencia espiritual

Por Elías González

Existen muchos tipos de inteligencia. Cada tipo de inteligencia tiene su propio modo de relacionarse con las demás, y cada persona puede ser inteligente según una o varias inteligencias pero también puede carecer de una o de muchas otras.

¿No nos pasa seguido que juzgamos de inteligente a una persona que supuestamente “sabe” mucho pero que no necesariamente acierta en todos los ámbitos de su vida? ¿Quién no conoce al “inteligente” que sabe mucho de matemáticas pero poco de amor, o al bueno en los deportes pero que reprobó física, o quien tiene muy buen oído para la música pero no para hacer amistades?

Pienso que toda persona, en mayor o menor medida, puede desarrollar una u otra inteligencia. No puedo, claro está, enumerar la lista completa de las inteligencias, pero me atrevería a decir que las hay por montones. Como todos somos inteligentes de cierta manera, podemos más o menos comunicarnos con otras inteligencias. Una canción puede ser escuchada por el oído del inteligente en música al igual que por el oído totalmente ignorante en la cuestión. Ambos lo escuchan pero… ¿escuchan lo mismo? Por supuesto que no, pues quien sabe de música es inteligente en ese sentido, no así la otra persona.

Las sociedades privilegian una inteligencia sobre las otras. En nuestro caso, está claro que nuestra sociedad ha privilegiado una inteligencia más de corte racionalista, juzgando a quienes han desarrollado más esta inteligencia como “los inteligentes”. ¿Es más inteligente la doctora en física nuclear que el jardinero o la trabajadora doméstica? Sólo es cuestión de que a un conocimiento se le han dado privilegios por sobre los demás. Lo curioso consiste en que, pareciera, que a mayor inteligencia racional muchas veces le sigue menor inteligencia de vida. En otras palabras, ¿no hemos testimoniado todos que muchas veces esas personas con menos “inteligencia” son de hecho más felices que los que cuelgan títulos universitarios en sus salas?

Entre inteligencias hay relaciones. Algunas inteligencias son celosas, exigen exclusividad. Otras son flexibles, más amistosas y les gusta combinarse con otras. Quien es inteligente en la música lo puede ser también para el jardín. Incluso, la inteligencia de la vida o la llamada sabiduría de vida se lleva muy bien con los conocimientos de las plantas. Yo he recibido muchos de los mejores consejos vitales de jardineros.

Existe, sin embargo, una inteligencia muy peculiar. Esta inteligencia se comporta de forma extraña, depende del lugar que ocupe en la vida de uno. Si esta inteligencia es ubicada en un espacio marginal, es decir, se le da prioridad a otro tipo de inteligencias antes que a ella, entonces esta se deteriora e incluso hasta se bloquea. Pero, por otro lado, si se ubica en el lugar central, esta inteligencia no sólo se desarrolla en sí misma sino que nutre y potencializa a las demás. ¿Cuál es esta dichosa inteligencia? Se trata de la inteligencia espiritual.

La inteligencia espiritual es, repito, peculiar. Si no le prestamos mucha atención y más bien invertimos tiempo en otras inteligencias, la inteligencia espiritual no avanza, se petrifica y se opaca. En cambio, si le damos el lugar central en nuestras vidas, entonces la inteligencia espiritual ilumina y nutre a cualquier otra inteligencia que queramos desarrollar.

La inteligencia espiritual se identifica con lo que denominé como “sabiduría de vida”. Por inteligencia espiritual no me refiero a conocimientos dogmáticos o religiosos, sino esta sabiduría del “saber vivir bien”, del “buen vivir”. Es la sabiduría de quienes, sin importar muchas cosas, se les percibe una felicidad profunda. Casi siempre, cabe subrayarlo, se trata de la gente más sencilla, de gustos simples, de corazón ancho, de pretensiones nulas, de necesidades mínimas, de sueños comunitarios, de narcisismos dejados de lado; son estas personas, pues, quienes son espiritualmente inteligentes.

Esta es la razón por la cual tantas personas pueden ser inteligentes de muchas formas y en muchos sentidos, pero viven vidas sin sentido, volcadas en la di-stracción, di-versión, di-vididas en mil y un cosas menos en las importantes. Recuerdo una ocasión en que unos lamas tibetanos, al saber que yo era filósofo, me preguntaron si yo deseaba la vida que llevaron un Kant o un Nietzsche. No me preguntaron si deseaba su mente, su inteligencia discursiva, su potencia filosófica. Me preguntaron si yo quería vivir como ellos vivieron, es decir, comer lo que ellos comían, beber lo que bebían, dormir como dormían, juntarse con quien se juntaban, etc. Mi respuesta, no tuve opción, fue decir que no. Como este ejemplo hay muchos, todos nosotros podríamos enumerar personas que son brillantes en muchos ámbitos pero ignorantes en lo realmente importante.

Pero veamos la otra cara de la moneda. Cuando uno nutre la inteligencia espiritual, resulta que con su fertilidad se nutre cualquier otra inteligencia que queramos desarrollar. Todos conocemos personas profundamente espirituales –no dogmáticas, repito, sino que saben escuchar la profundidad de la vida- que al mismo tiempo, y desde esta espiritualidad, son grandes músicos, filósofos, escritores, pensadores, deportistas; hermosas amistades, parejas, soñadoras, buscadoras.

Si la espiritualidad ocupa el lugar central en nuestra vida, toda otra dimensión que queramos descubrir en nosotros tendrá terrenos fértil para que nazcan flores y frutos en abundancia.

¿Cómo cultivar la inteligencia espiritual? Es difícil, les digo que es celosa. Pero también es simple. Es, parafraseando a Lanza del Vasto, vivir con lo necesario y lo que necesitamos necesitarlo poco. Es aprender que las cosas grandes vienen en empaques pequeños; es descubrir que las más hermosas melodías se tocan con “música callada”; es abrazar la vida como el don primordial, y ver la incapacidad de controlar la existencia como el alivio más enorme: “relájate, nada está bajo control” dicen los budistas. Es, al final del día, abrir el corazón y, como dice la canción, que nos den “una cuchillada de amor”.

Paz, Fuerza y Gozo

AMDG